viernes, 30 de septiembre de 2011

La realidad no es como me dijeron que iba a ser.

Nunca me había gustado el café. Hasta hace un par de años no empecé a consumirlo con regularidad, en uno de aquellos largos días en los que salía de más de seis horas de instituto a las dos y media, y me veía en la obligación de sumergirme en otra clase de idiomas a las cuatro y media, durante dos intensas horas. Comencé preparándome una tacita muy pequeña, que llenaba de rica leche condensada hasta la mitad, y a la cual añadía media cucharita pequeña de café en polvo, para posteriormente completar la taza con unos centilitros de agua hirviendo. Tengo la suerte de que, al ser una persona tranquila, incluso en dosis muy minúsculas, la teína o la cafeína despierta en mí el efecto deseado, y gracias a ellas puedo aguantar activo una considerable cantidad de tiempo cuando creo que mis fuerzas se agotan. Aun hoy en día, me resulta complicado encontrar un lugar en el que me preparan un café bombón que me guste, con las ridículas cantidades de granulado que solo yo sé confeccionar.

Desde que fui un niño, siempre preferí desayunar y merendar un clásico vaso de leche con Colacao (llamémosle simplemente cacao, por no publicitar gratuitamente a la empresa del negrito). Cuando uno va creciendo, la mayoría de costumbres, preferencias y tonterías que padeciste siendo un crío van desapareciendo, una a una. Pero también he observado que es extraña la persona a la que no le queda absolutamente nada de eso. No hablo de la personalidad, cuya esencia es la misma, sino de esos hábitos o manías que teníamos desde muy bebés y que un buen día, al levantarnos, creemos haber perdido por completo. Es raro quien no conserva un pequeño nexo de unión, por insignificante que sea, entre la persona que eres con dieciochos, veinte, cuarenta… y la mente del niño que fuiste hace años. Y me parece algo positivo, guardar siempre ese vínculo con el pasado, esa dulce imagen de la infancia que permanecerá para recordarte que, por mucho que construyas y destruyas en tu vida, seguirás siendo la misma persona que un día fuiste. En mi caso, no solo continúo desayunando Colacao, sino que también duermo abrazado a mi peluche favorito desde que tenía seis meses, aunque ahora el cerdito tenga heridas abiertas cerca de los ojos, se haya hecho la cirugía estética en la nariz un par de veces, y haya prestado su mono vaquero azul a otra persona que lo necesita más que él.

Esta mañana me levanté hasta dos veces; no contento con un horrible despertar, tuve que repetir la experiencia unas horas más tarde. Llevaba durmiendo desde las once de la noche y, haciendo caso omiso al relevante detalle de que hoy no tenía clase, mi cuerpo advirtió que llevaba demasiado tiempo flotando. Por un lado se lo agradezco, pues eran tales las pesadillas que lo último que me hacía falta era seguir cultivándolas hasta las doce de la mañana. Ha sido una noche horrible. En mi sueño, las personas buenas que conozco se volvían malas, las malas quedaban como malas, y la gente nueva que aparecía era mala también. Y, si hubo algún instante agradable en medio de aquel caos, fue igualmente frustrante despertar y darse cuenta de que nada volvería ser como yo quería. Y es que, tal y como dijo Jorge Bucay en sus “Cuentos para pensar”, es una verdad incuestionable que “lo que es, es”:
“La realidad no es como a mí me convendría que fuera.
No es como debería ser.
No es como me dijeron que iba a ser.
No es como fue.
No es como será mañana.”

Pero contradictoriamente, esta noche también me ha ocurrido algo increíble. Creo que es la primera vez en mi vida en la que, dentro de un sueño, me he dado cuenta de que estaba soñando. Me fascina el mundo de los sueños, por qué ocurren, por qué solo ciertos se recuerdan y por qué producen esta mezcla de personajes, lugares, hechos y sensaciones. Algún día espero poder estudiar más sobre ese tema.

Mi primer despertar, por tanto, no merece la pena ser contado. Se resume en un vago recuerdo de mis pesadillas, en lágrimas. En muchas lágrimas. En bajar a la cocina en busca de dos sobres de tila, no solo a raíz de lo que había soñado, sino también al enfrentar esto con la realidad que se me presentaba por delante.

El segundo resultó igual de desagradable en un principio. Mis ánimos para moverme de la cama, por los suelos, pero me picaba el hambre y supe que tendría que bajar a desayunar. Un Cocacao, con algo de comer.

Siempre he tenido preferencia por el Colacao, como se suele decir, “sin grumitos”. Realmente el sabor es muy similar, pero poseo la facultad de hacer de unos cuantos pelotones de cacao una auténtica tesis filosófica. Para mí, el hecho de comenzar a separar o a partir espesos grumos con la cuchara puede significar que se avecina un día complicado, con numerosos obstáculos que resolver. Me fastidia empezar la jornada teniendo que dedicar este esfuerzo extra a separar grumos, o incluso, guardo el recuerdo infantil de tragarme uno en seco y ponerme a toser desaforadamente (lo recoge una página de Tuenti, “yo también tosí tomando colacao a cucharadas), y a mí, que soy de los que piensan que por un corte en el dedo acabará saliendo el hígado, me aterra esa posibilidad.

En mi casa, con el fin de evitar todo este subjetivo análisis y puesto que las empresas alimenticias se adaptan cada día más a las peculiaridades del consumidor, el Colacao suele comprarse instantáneo, sin grumos. Ni siquiera sé si es Colacao o Nesquik, porque yace en un tarro transparente de plástico (ya que viene empaquetado en bolsas que se rompen). Solo sé que me gusta, cuando voy a echarlo al vaso, saborear antes una cucharada en la boca. Tan fino, tan ligero, tan dulce. El Cocalao tradicional ha quedado relegado a las ocasiones en que mi familia no ha encontrado cacao sin grumos en el supermercado, o cuando el que lleva grumos incluye alguna oferta o regalo para mi hermana, algún bote que se ha guardado en el fondo del armario.

Mi abuela sí sigue comprando para sus nietos cacao con grumos, pero desayunar con ella, en su piso, significa que me encuentro en otra ciudad. Y esto implica una sensación de libertad, de estar lejos de mi rutina, de fin de semana o de vacaciones… que no podrán estropear unos grumos. Allí no suelo levantarme con el pensamiento de “qué tengo que hacer hoy” ni con el de “me doy prisa o llegaré tarde”, simplemente me sitúo en la fecha en la que me hallo y, habitualmente, tengo asumido que pasará algo bueno, que veré a alguien que, mientras yo siga estando allí, me hará poder con todo. Y entonces los grumos dejan de ser un problema.

Cuál sería mi estado de nervios, de malestar, esta mañana, que al abrir el armario de la cocina no encontré el habitual tarro de plástico con Colacao sin grumos. No estaba allí, seguro, he comprobado tras retirar la miel y el azucarero. He bajado la mirada entonces a la encimera que hay bajo del armario, y ni rastro de él. Miré hacia el fregadero, esperando encontrar el tarro preparado para un lavado, en caso de que el cacao se hubiese agotado. Miré a la mesa, donde me esperaban galletas, cereales… que mi hermana me había dejado para desayunar, con tal de no hacer el esfuerzo de recogerlos y guardarlos.

Supuse que hoy merecía un día así. Hoy era de estas mañanas en las que sientes, y más que nunca, que el destino está en tu contra, o que si no existe el destino, será un duendecillo el que se encarga de que todo te vaya mal. Saqué, del fondo del armario, el bote de cacao con grumos que siempre hay “por si acaso”, el que se habría comprado el día en que no encontramos del instantáneo. Eché una cucharada en el vaso, esta vez sin probarlo como hago con el otro. Vertí muy rápidamente toda la leche fría que quedaba, agitando enérgicamente la mezcla con la cuchara para que desapareciesen pronto los enormes pegotes de chocolate.

Guardo el bote de Colacao en su armario, que queda por encima de mi cabeza, y al volver a bajar la vista, encuentro junto a mi vaso de leche, ya preparado, el tarro de plástico, lleno de cacao sin grumos, del que me gusta, en su interior. Esperándome, como cada mañana.

Jamás podré asegurar que ese envase había permanecido ahí durante todo el proceso, pero como no creo en las historias de “Cuarto milenio” y sus derivados, debo suponer que estuvo todo el tiempo en el mismo sitio, riéndose de mí mientras lo ignoraba y maldecía mi suerte. Me pongo en su lugar y adivino lo que observó: un chico que bajó a la cocina después de una noche de pesadillas, de haber pasado horas llorando esa misma mañana, haber abusado de tilas y no tener ninguna ilusión por lo que se le avecinaba, tras haber pasado algunas de las peores horas de su vida.

Y solo así, con una absurda metáfora que se podría haber resumido en dos actualizaciones de Twitter pero que he preferido explicar, comprendí de forma práctica lo que puedes llegar a perderte por mantener una actitud negativa. Lo importante que es ir con los ojos bien abiertos en todos los sentidos, para no conformarte con aquello que no te guste y pensar que todo es una perversa serie de hechos desafortunados trazada por el demonio.

Hoy no será un buen día, sigo creyéndolo. Y mañana tampoco. No se trata de ver las cosas negativamente; sino de circunstancias que, objetivamente, sé que me esperan y no resultan agradables. Aunque sean las dos palabras más tristes para inaugurar un blog, “lo siento”.

Pero ahora comprendo que, en gran parte, todo me lo he buscado yo. No existe ningún problema grave. Tengo salud, que es lo imprescindible, y tengo multitud de recursos para ser feliz. Ahora comprendo que si ayer sufrí, hoy también y mañana me espera lo peor, es porque posiblemente yo haya querido ver así esta situación desde un principio, y me haya labrado lo que ahora me aterroriza. Hablo del nuevo curso universitario, hablo de los problemas con la gente, hablo de Ti. Tal vez las cosas fueran mucho más simples y estuvieran delante de mis narices, como el Colacao. Tal vez pudiera tocarlas, acariciarlas, disfrutarlas… pero no lo he hecho y me he conformado con buscar dificultades y concederles a éstas un papel protagonista.

Sin embargo, me gusta pensar que todo tiene solución. De los errores es de lo que más se aprende.

"Un café y media sonrisa", 2011

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